La historia de Renault en España es una historia de éxito, ligada indisolublemente a las factorías de Valladolid y Palencia. Sin embargo, para entender por qué muchos modelos emblemáticos de la “Régie” francesa nunca llegaron a nuestras carreteras, debemos analizar el contexto sociopolítico de las décadas de los 50, 60 y 70.
En aquel entonces, España era un mercado autárquico protegido por un “muro de cristal” en los Pirineos: los aranceles. Importar un coche terminado de Francia podía suponer pagar más del 100% de su valor en impuestos, lo que convertía a los Renault franceses en mitos que solo veíamos cuando llegaban los turistas en verano.
FASA (Fabricación de Automóviles Sociedad Anónima) fabricaba bajo licencia, pero con una condición estricta: los coches debían tener un altísimo porcentaje de componentes nacionales. Si un modelo era tecnológicamente complejo o su mercado potencial era pequeño —como los coupés, las grandes berlinas o los motores V6—, traer la maquinaria específica a Valladolid simplemente no salía a cuenta. Hoy realizamos un viaje por esos Renault desconocidos que marcaron una época al otro lado de la frontera.
Los pioneros y las berlinas de lujo
El Renault Colorale (1950-1957) es quizás uno de los modelos más fascinantes y olvidados. Mucho antes de que se inventara el término SUV, el Colorale ofrecía una carrocería familiar enorme, robusta y con versiones 4×4 desarrolladas por especialistas. Era un coche ideal para expediciones o para el mundo agrícola, pero en la España de 1953, lo que se necesitaba eran utilitarios pequeños como el 4/4. Un vehículo de 1.600 kg con un motor de 2 litros no tenía cabida en un país con fuertes restricciones de combustible.
Por otro lado, el Renault Frégate (1951-1960) representaba la elegancia francesa de posguerra. Una berlina de líneas fluidas y suspensión independiente a las cuatro ruedas que competía directamente con el Citroën 11 Ligero. Mientras en Francia era el coche de representación por excelencia, en España ese hueco lo ocupó Seat con el 1400. FASA estaba tan saturada produciendo el 4/4 y el Dauphine que meter una berlina de 4,7 metros en la línea de montaje era logísticamente inviable.
La revolución del diseño y el rechazo al portón
Uno de los casos más curiosos es el del Renault 16 (1965-1980). Es, posiblemente, el modelo que más añoran los entusiastas. Fue una revolución: mezclaba la elegancia de una berlina con la practicidad de una furgoneta gracias a su quinta puerta. Sin embargo, la directiva de FASA cometió un error de apreciación histórico: creían que el comprador español asociaba el portón trasero con los vehículos de carga y que un coche de “estatus” debía tener maletero separado. Por eso, España recibió el fantástico R12, pero se quedó sin el confort superior y la versatilidad del R16.
En la misma línea de exclusividad encontramos el Renault Rambler (1962-1967). Gracias a una alianza con la americana AMC, Renault comercializó este gigante de 6 cilindros en Europa. Era un “sofá con ruedas” lleno de cromados que, sencillamente, no cabía por las estrechas calles de las ciudades españolas de la época. En nuestro mercado, ese nicho de lujo extremo quedó reservado para los escasos Dodge Dart que fabricaba Barreiros.
Coupés, inyección y el poder del V6
Llegados los años 70, la gama se diversificó en Francia con los Renault 15 y 17. Eran los “hermanos guapos” del R12. El R15 era la opción de acceso, mientras que el R17 presentaba un diseño mucho más agresivo, con cuatro faros redondos y persianas en el pilar C que le daban un aire de “mini Muscle Car”. Lo más relevante es que sus versiones más altas ya montaban inyección electrónica, una tecnología que en la España de los 70 era casi aeroespacial y para la cual la red de talleres nacional no estaba preparada. FASA prefirió centrar sus esfuerzos en la producción masiva del R12 y el exitoso R5.
El techo de la gama lo marcaron los Renault 20 y 30. El R30 fue el primer Renault de seis cilindros en décadas, equipado con el motor V6 PRV. Con frenos de disco ventilados y dirección asistida de serie, era una joya técnica. Sin embargo, la fiscalidad española penalizaba duramente los motores de gran cilindrada, y Renault España no quiso entrar en una guerra directa con las marcas de importación como BMW o Mercedes que empezaban a asomar tímidamente.
Versiones “picantes” y el sueño del Safrane
Incluso cuando los modelos sí llegaban a España, a menudo nos perdíamos las versiones más prestacionales. Es el caso del Renault 9 Turbo, que en Francia era un deportivo ligero y rapidísimo con el motor del R5 Copa Turbo, mientras que aquí el R9 mantuvo siempre una imagen seria de “coche de médico o maestro”. También ocurrió con el Renault 18 Turbo, cuya versión familiar (“Break”) nunca llegó a nuestras carreteras a pesar de ser un concepto de “avión familiar” muy avanzado para su tiempo.
El último gran “prohibido” fue el Renault Safrane Biturbo (1994-1996). En los 90 las fronteras ya estaban abiertas, pero este coche era una locura comercial. Con tracción total y 268 CV, su precio hoy equivaldría a más de 200.000 euros. Fue un fantasma en nuestras carreteras, un intento de Renault de golpear a los BMW M5 que demostraba de lo que era capaz la ingeniería francesa cuando se le daba vía libre.
En definitiva, la historia de Renault en España está llena de luces y de algunos modelos que se quedaron en la sombra de los Pirineos. Repasar estos coches es entender cómo ha evolucionado nuestra industria y nuestra propia mentalidad como conductores. Nos quedamos con los coches que construyeron el país, pero siempre nos quedará la curiosidad de saber qué habría pasado si aquellos “prohibidos” hubieran rodado por nuestras calles.

