Todas las primeras veces son especiales. Dicen que nunca se olvidan y, en mi caso, es rigurosamente cierto. Aunque hoy no voy a hablaros de mi primer beso o de aquel primer día de colegio —temas que prefiero reservar para una charla cara a cara con una buena copa de vino—, sí quiero compartir con vosotros mi “primera vez” en todo lo que rodea al mundo del motor. Desde el modesto Renault 6 de mi padre hasta el día en que un artículo mío casi provoca un terremoto financiero en la editorial. Este no es un vídeo con un guion técnico; es una charla entre amigos, una relación de recuerdos que han dado forma a lo que soy hoy.
Este es un vídeo que sólo puedes ver si eres Socio de Garaje Hermético, por sólo 0,99 euros al mes; lo mínimo que pide Youtube. Aquí tienes toda la información.
El bautismo de fuego: Conducir por primera vez
Mi historia al volante comienza en un lugar muy concreto de Madrid: la Casa de Campo. Pero no en cualquier sitio, sino en el llamado “Cerro de las Culebras”. Es un lugar con historia, donde antes practicaban los aspirantes a toreros y donde yo, con más nervios que pericia, me puse por primera vez a los mandos del Renault 6 familiar. Ese coche, que a ojos de muchos carecía de “morbo” automovilístico, fue mi verdadera escuela. Aquel día, entre tirones de embrague y el característico sonido del motor Renault, entendí que mi vida iba a estar ligada a las cuatro ruedas.
Poco después llegó el carné y, con él, la valentía —o la inconsciencia— de la juventud. Mi primer viaje largo coincidió con mi primera experiencia sobre nieve y hielo. Ni corto ni perezoso, subí al Puerto de Navacerrada, a más de 1.800 metros de altura, con la carretera completamente blanca. Ver cómo reaccionaba el coche en esas condiciones fue una lección de física acelerada que ningún libro de autoescuela te puede enseñar.
Aventuras de juventud y el primer susto
¿Quién no ha vivido esa escena de viernes noche con amigos? Uno de ellos acababa de estrenar un Renault 7, alguien dijo que no conocía el mar y, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos camino de Valencia en una expedición improvisada. Esos viajes sin planificar son los que forjan la pasión por la carretera.
Pero no todo fueron risas. Mi primer accidente llegó pronto, aunque fue leve. Iba de copiloto con mi hermano en su Seat 850 (coche que más tarde heredaría yo) por Vicálvaro. Era una noche cerrada, con esa niebla espesa que se te mete en los huesos. El coche derrapó, perdimos el control y acabamos contra un árbol. Fue un recordatorio temprano de que el coche no es un juguete y de que la naturaleza siempre tiene la última palabra.
Poco después llegó mi primera multa. Por aquel entonces, los noveles debíamos llevar un disco con el límite de 80 o 90 pegado con ventosas en la luneta. El mío se caía constantemente, y el Guardia Civil que me paró, con toda la lógica del mundo pero poca empatía, no se creyó que el cartel estuviera en la bandeja trasera por puro accidente.
El salto al profesionalismo y el “vicio” del circuito
Mi primera vez en un circuito fue un sueño cumplido. Tras haber volcado mi coche de carreras, me quedé “a pie”, así que para un viaje al Circuito de Calafat que organizaba mi maestro Javier de Castro, tuve que alquilar un Seat 127 Especial con el motor 1010. Aquel motor era una joya: 52 caballos para apenas 760 kilos. Rodar en pista por primera vez fue una revelación; allí entendí que el límite no está en el coche, sino en la cabeza del piloto.
Esa curiosidad me llevó también al Todo Terreno. Mi primera experiencia fue como copiloto en un Nissan Patrol. Yo no sabía nada de 4×4, pero aquel día, subiendo cuestas que parecían imposibles, descubrí una vertiente del automovilismo basada en la técnica, la paciencia y el respeto al medio natural de la que me enamoré perdidamente.
El periodismo y la primera “gran bronca”
Mi carrera como probador también tuvo sus hitos. Mi primer artículo publicado fue técnico (“Cómo construir un Fórmula Europa”), pero la prueba que realmente me curtió fue una comparativa entre el Citroën BX TRS y el Opel Kadett 1.6 S. Fue el texto que me abrió las puertas para ser probador de pleno derecho.
Sin embargo, no todo fue un camino de rosas. Recuerdo mi primera gran bronca profesional como si fuera ayer. Escribí una comparativa entre el Mitsubishi Montero y el Toyota Land Cruiser, y fui honesto: el Toyota salió malparado en campo. La marca japonesa retiró la publicidad de la revista de inmediato. El mismísimo Enrique Hernández-Luike, “El Jefe”, nos llamó a su despacho al director y a mí. Yo estaba aterrorizado, pero aquel día aprendí lo que significa el periodismo de verdad: la honestidad con el lector está por encima de cualquier contrato publicitario. Tuve los mejores maestros y me protegieron porque sabían que lo que yo había escrito era la verdad.
Conclusión: Confieso que he vivido
Para cerrar este repaso a mis “primeras veces”, me permito el atrevimiento de parafrasear al gran Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”. He tenido la suerte de convertir mi pasión en mi profesión, de equivocarme, de aprender y de disfrutar de cada kilómetro. Cada una de estas experiencias, desde el pequeño R6 hasta las grandes pruebas internacionales, ha dejado una huella imborrable.
Y ahora os pregunto a vosotros: ¿Cómo fue vuestra primera vez al volante o vuestro primer gran viaje? Contádmelo en los comentarios, porque estas historias son las que realmente nos unen como comunidad de apasionados del motor.

