Siempre he defendido a capa y espada que el automóvil, desde que se popularizó a mediados del siglo XX, ha sido el mayor instrumento de libertad que ha conocido el ser humano.
Pensadlo fríamente. Antes de que el coche fuera accesible para la clase media, nuestro mundo era nuestro entorno cercano: el barrio, el pueblo, la ciudad y, en el mejor de los casos, si tenías algo de dinero y tiempo, hasta donde llegaran las vías del tren. Poco más. Pero el coche lo cambió todo. El coche democratizó el mundo.
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Un poco de historia
Si nos fijamos en el fenómeno del Seat 600 en España, que empezó a fabricarse en 1957, vemos que no fue solo un hito industrial; fue una auténtica revolución social. Familias enteras que nunca habían visto el mar pudieron cargar la baca hasta los topes y plantarse en Alicante o en la Costa Brava. El automóvil nos dio la capacidad de decidir. Nos dio el poder de decir: “Mañana me levanto, meto la llave en el contacto y me voy por donde me dé la gana, hasta donde me llegue la gasolina y el cuerpo aguante”.
Es algo que se vivía muy intensamente desde el momento de sacar el carnet de conducir. Ese primer coche, aunque fuera un trasto de sexta mano sin apenas potencia, transmitía la sensación de que, al agarrar su volante fino y duro, el mundo entero te pertenecía.
Sin GPS, sin teléfono, sin reservas…
Se viajaba sin GPS, sin teléfonos móviles, sin reservas de hotel… ¡a la aventura! Bastaba con un mapa de papel de la Guía Michelin en la guantera, unas cuantas cintas de casete y algo de dinero suelto. Si un pueblo gustaba, uno se quedaba; si la carretera prometía curvas divertidas, se tomaba un desvío.
Esa sensación de ir a tu aire, de perderte por carreteras secundarias, de descubrir valles, pueblos y montañas, es la verdadera esencia de conducir. Esa es la verdadera libertad.
Hoy, esa libertad está bajo asedio. Y no se trata de una teoría de la conspiración ni de la exageración de un nostálgico. Es una realidad palpable y documentada. Nos están acorralando poco a poco mediante tres frentes muy claros: las normativas burocráticas, la imposición forzada del coche eléctrico y la amenaza del coche autónomo.
Las normativas
En primer lugar, las normativas. En Europa, los burócratas han decidido que el motor de combustión interna es el enemigo público número uno. El Parlamento Europeo ha aprobado la prohibición de vender coches nuevos con motor de combustión —incluidos los híbridos— a partir de 2035. Bajo el paraguas de la ecología, nos están quitando el derecho a movernos.
En España, con la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, todas las ciudades de más de 50.000 habitantes están obligadas a implantar Zonas de Bajas Emisiones (ZBE). Hablamos de 149 municipios donde vive más del 50% de la población. Según la DGT, casi el 30% del parque automovilístico español no tiene derecho a ninguna etiqueta medioambiental.
En la práctica, esto significa que a millones de ciudadanos —generalmente aquellos con menos recursos que no pueden permitirse un coche nuevo de treinta mil euros— se les está prohibiendo entrar a sus propias ciudades. Esto es una “expropiación encubierta de la movilidad”. El mensaje es claro: puedes tener coche, pero no puedes usarlo. La libertad de ir a trabajar, llevar a los hijos al colegio o hacer un recado ha pasado de ser un derecho a convertirse en un artículo de lujo para quienes pueden pagarse la etiqueta “Cero”, creando ciudadanos de primera y de segunda categoría.
El coche eléctrico
El segundo problema es el coche eléctrico y la esclavitud de los puntos de carga. El problema no es la tecnología en sí, sino su imposición. Nos venden el eléctrico como una panacea ecológica, pero la realidad nos convierte en esclavos de la infraestructura. Hoy en día, los viajes improvisados de antaño serían una pesadilla logística. La libertad queda supeditada a una aplicación de móvil que dicta si el poste de recarga funciona, si está ocupado o si ofrece la potencia prometida.
Los datos de ACEA son demoledores: cerca del 70% de todos los puntos de recarga de la Unión Europea se concentran en Países Bajos, Francia y Alemania. España va a la cola. Deberíamos tener unos 45.000 puntos públicos a estas alturas, pero apenas superamos los 30.000, y más del 20% están fuera de servicio. La mayoría de los que funcionan son de carga lenta.
¿Dónde queda la libertad cuando tardas horas en cargar el coche a mitad de camino? A esto los británicos lo llaman range anxiety (ansiedad de autonomía), obligándote a ir por autovías aburridas detrás de un camión para no agotar la batería. Con un coche de combustión, el repostaje es un trámite de cinco minutos; con un eléctrico, tú pasas a estar al servicio de las necesidades del coche.
El coche autónomo
La estocada final es el coche autónomo. La carrera tecnológica hacia el Nivel 5 (coches sin volante ni pedales) se nos vende con promesas de máxima seguridad y comodidad. Suena bien para quien odia conducir, pero para los apasionados del motor es la muerte de una afición. Conducir es una conexión física y mental entre el ser humano y la máquina.
Cuando el coche se convierta en un vagón individual gestionado por un algoritmo, habremos perdido el último gran reducto de independencia personal. Seremos simples pasajeros guiados por una inteligencia artificial que decidirá nuestra ruta, nuestra velocidad y si tenemos permiso para llegar al destino.
Ya lo estamos viendo con los sistemas ADAS. Desde julio de 2024, el Asistente Inteligente de Velocidad (ISA) es obligatorio, actuando como un “Gran Hermano” metido en la centralita del coche, vigilando y corrigiendo. Nos tratan como si fuéramos demasiado irresponsables para tener el control de nuestras propias vidas.
En definitiva, nos quieren quitar la libertad de movernos, de explorar, de equivocarnos de camino y de disfrutar del simple placer de conducir. Quieren vehículos asépticos, hiperconectados y controlados a distancia. Sin embargo, frente a esto, seguir cuidando de los coches de combustión y de los clásicos, girar la llave y escuchar un motor cobrar vida, se ha convertido en nuestro pequeño acto de rebeldía.
Frasecicas
Para terminar esta reflexión, hay una cita que resulta especialmente oportuna hoy en día: “Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo”.
