¿Alguna vez te has preguntado por qué el mercado automovilístico más grande del mundo parece vivir de espaldas a la competición? China fabrica y vende cerca de 30 millones de coches anuales, domina el sector eléctrico y la producción mundial de baterías, pero su presencia histórica en la Fórmula 1, las 24 Horas de Le Mans o el Mundial de Rallyes ha sido prácticamente nula.
En este vídeo destapamos el gran misterio del automovilismo en China y analizamos por qué sus marcas no aplican la clásica receta de “ganar el domingo para vender el lunes”.
Hay que remontarse a los inicios
Para entender esta desconexión, hay que remontarse a los inicios. Las carreras en China no nacieron de la afición popular o la rebeldía individual, sino que fueron importadas. Desde el histórico Gran Premio de Macao en 1954, pasando por el Circuito de Zhuhai en 1996, hasta la faraónica construcción del Circuito de Shanghái en 2004. Estas infraestructuras respondían más al deseo estatal de proyectar una imagen de hipermodernidad al exterior que a una demanda real de los conductores locales.
A nivel sociológico, la barrera es inmensa. Mientras en Occidente la pasión por el motor es generacional, en la China de los años 70 y 80 la propiedad privada de un coche era casi un concepto de ciencia ficción; el medio de transporte nacional era la bicicleta.
A esto se le suma la política del hijo único, que convertía el destinar los ahorros familiares a un deporte peligroso y económicamente ruinoso en un tabú inaceptable. Si añadimos el altísimo coste del suelo urbano, construir circuitos de karts para fomentar una cantera desde la base es hoy un suicidio financiero.
El temido código 1087
Pero el mayor obstáculo para los jóvenes apasionados del motor es burocrático: el temido código 1087. Esta estricta ley castiga severamente las modificaciones vehiculares. Instalar suspensiones deportivas o cambiar un tubo de escape supone la inmovilización inmediata del vehículo. Esto obliga a los pocos entusiastas a vivir en la clandestinidad, haciendo imposible la creación de una masa crítica de pilotos amateur.
En el ámbito corporativo, la ausencia de las todopoderosas marcas chinas en las competiciones tradicionales se debe a un pragmatismo absoluto. Su expansión global ha coincidido de pleno con la era del vehículo eléctrico y el software. A un gigante de la automoción moderna no le interesa gastar fortunas en el automovilismo de combustión para demostrar su fiabilidad; prefieren invertir esos recursos en abaratar y mejorar sus coches de calle.
A por el escaparate mediático
Aun así, cuando encuentran un escaparate mediático rentable, rompen sus propias reglas. Han demostrado la dureza de sus todoterrenos en el Rally Dakar con marcas como Chery y Great Wall; han revolucionado los rallyes nacionales con el híbrido BYD Qin; y han dejado clara su superioridad en la era de los electrones al ganar la temporada inaugural de la Fórmula E con NIO. En circuitos de asfalto, la marca Lynk & Co (del grupo Geely) rompió los esquemas al dominar el Campeonato Mundial de Turismos (WTCR).
A nivel de pilotos, la gran excepción que ha logrado derribar este inmenso muro asiático es Zhou Guanyu, quien tuvo que emigrar a Europa desde niño para medirse en el karting occidental y finalmente hacer historia en 2022 como el primer piloto chino oficial a tiempo completo en la Fórmula 1.
Aunque cuentan con dinero y recursos infinitos, hoy por hoy la competición no forma parte del ADN de la cultura automotriz china. Para sus mandatarios y corporaciones, la palabra perder no existe.
