Tengo TID – Trastono de Identidad Disociativa

Este es un video repleto de anécdotas. El TID o trastorno de identidad disociativo, conocido popularmente como personalidad múltiple, es una realidad en mi día a día motorístico. Confieso que soy de los que adapta radicalmente su forma de conducir según el vehículo que llevo, la compañía que tengo al lado o la situación del momento.

Creo firmemente que un buen conductor no se comporta igual al volante de un deportivo que a los mandos de una furgoneta, ni conduce del mismo modo cuando viaja solo que cuando lleva pasajeros atrás.

Esta “personalidad múltiple” que sufro (y disfruto) al volante se divide en tres grandes escenarios:

Según el vehículo que conduzco

  • Moto: Mi prioridad absoluta es la anticipación constante, analizando exhaustivamente el asfalto y asumiendo el mínimo riesgo posible.
  • Coche modesto o de diario: Me acomodo al flujo del tráfico con la velocidad justa, prestando especial atención al consumo y a maximizar la autonomía.
  • Coche potente: El consumo pasa a un segundo plano. Disfruto de las prestaciones siempre con cabeza y aprovecho la facilidad que dan esos caballos extra para hacer adelantamientos seguros y con soltura.
  • Descapotable: Cambio las prestaciones puras por las sensaciones. Conducir a cielo abierto me invita a disfrutar de los sonidos, los olores y la experiencia del entorno.
  • Furgoneta: Aplico mi triple norma: tranquilidad, tranquilidad y tranquilidad. La conduzco como si llevara un camión, anticipando cada movimiento con mucha antelación y aprovechando la altura para mirar el paisaje.

Según la compañía en el habitáculo

  • En solitario: Me permito ciertas alegrías, como trazar las rotondas con mayor dinamismo o realizar adelantamientos con más autoridad, siempre y cuando la vía y el coche lo permitan.
  • Con mi pareja: Mi conducción se vuelve más suave, conservadora y precavida. Prefiero ir charlando tranquilamente y priorizo el confort por encima del ritmo.
  • Con mis hijos: Conduzco estrictamente “de manual”, como si me estuviera examinando en la autoescuela. Respeto milimétrico a los límites, cambios de marcha perfectos y la posición correcta de las manos. Mi objetivo es ser un ejemplo… ¡y que no me critiquen!
  • Con amigos o conocidos: Aquí tiro de empatía. Dependiendo de quién ocupe el asiento del copiloto, mi conducción puede ser más dinámica o transformarse en un auténtico “Paseando a Miss Daisy”.
  • Con pasajeros en las plazas traseras: Mi doble objetivo es la seguridad y evitar que se mareen a toda costa. Apuesto por la máxima fluidez y suavidad en cada curva, aceleración y frenada.

Según la situación y el entorno

  • Urbanizaciones y travesías de pueblos: Voy “pisando huevos”. Cumplo a rajatabla los límites de velocidad, circulando con precaución máxima ante cualquier imprevisto.
  • Lluvia: Lo confieso, me encanta conducir lloviendo. Exijo silencio absoluto en el coche para concentrarme, llevo las manos suaves en el volante (sin apretar en exceso) y afino al máximo mi sensibilidad en el asiento para percibir toda la información y reacciones que me transmite el chasis.
  • Viajes largos: Me apasiona viajar en coche, pero lo hago con un extra de calma y aplicando siempre mi regla de oro: está terminantemente prohibido viajar con una hora de llegada fijada de antemano.

Para mí, la verdadera habilidad al volante no reside únicamente en la técnica pura, sino en la empatía y la capacidad de adaptación. Ajustar el ritmo a cada escenario es lo que nos garantiza viajes más seguros y placenteros. ¿A vosotros no os pasa exactamente lo mismo? Os leo en los comentarios.

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