¿Es posible ser el mejor del mundo sobre dos ruedas y, poco después, repetir la hazaña sobre cuatro? En la historia del motor existen leyendas, campeones y mitos, pero solo un hombre ha sido capaz de conquistar la cima absoluta en ambos mundos: John Surtees.
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Conocido en el paddock como “Big John”, no por su corpulencia física, sino por una estatura moral y técnica que intimidaba a los más grandes, Surtees es el único ser humano que posee títulos mundiales de 500cc (la actual MotoGP) y de Fórmula 1.
En este video exclusivo para los miembros de Garaje Hermético, vamos a hacer justicia histórica. A menudo los debates sobre el “mejor de la historia” se centran en Fangio, Clark, Senna o Schumacher, pero hoy descubriremos por qué Surtees merece estar en ese olimpo. No solo por sus trofeos, sino por ser un piloto-ingeniero capaz de entender la metalurgia y la cinemática mejor que quienes diseñaban sus máquinas.
El aprendiz de la fábrica Vincent
La grandeza de Surtees no nació en una escuela de pilotos, sino entre el olor a aceite de ricino y virutas de acero. Hijo de un vendedor de motos y competidor de sidecares, John entró a los 17 años como aprendiz en la mítica fábrica Vincent. Aquello fue su verdadera universidad. Allí comprendió que un vehículo no es solo un objeto que se conduce, sino un conjunto de leyes físicas —termodinámica, cinemática y resistencia de materiales— que pueden ser manipuladas para ganar décimas al crono.
Su talento era tan insultante que llegó a ganar carreras con motos que él mismo modificaba aplicando lo aprendido en la fábrica, algo que no siempre sentaba bien a sus jefes. Esa base técnica le permitió, años más tarde, no ser un simple “usuario” del coche o la moto, sino un líder capaz de guiar a los ingenieros en la dirección correcta.
El dictador de las dos ruedas y el salto a la Fórmula 1
Entre 1952 y 1960, Surtees demolió a la competencia. Su paso por MV Agusta fue legendario: logró tres dobletes consecutivos ganando los mundiales de 350cc y 500cc. Pero lo que realmente dejó al mundo boquiabierto fue lo que hizo en 1960. Mientras aún ganaba títulos de motos, aceptó una invitación de Colin Chapman para subirse a un Lotus 18 de Fórmula 1 en Mónaco.
Sin experiencia previa en monoplazas de ese nivel, se clasificó séptimo en el circuito más difícil del calendario. En su segunda carrera, en Silverstone, terminó segundo. El mensaje era claro: John Surtees no era un motorista probando suerte; era un superclase que comprendía la dinámica de vehículos indistintamente del número de ruedas.
El hombre que le dijo “No” a Enzo Ferrari
El talento de Surtees llegó a oídos de Il Commendatore. En 1962, Enzo Ferrari le ofreció un asiento, pero John, en un alarde de honestidad brutal, le dijo que no. Creía que aún no era lo suficientemente maduro para la presión política de Maranello. Aquel gesto le ganó el respeto eterno de un Enzo que no estaba acostumbrado a las negativas.
Finalmente, en 1963 aceptó y en 1964 obró el milagro. Fue un mundial agónico contra gigantes como Jim Clark y Graham Hill. Aquel año dejó una imagen para la posteridad: debido a una disputa legal de Ferrari con la federación italiana, los coches corrieron las últimas pruebas pintados de azul y blanco bajo la estructura de NART. Así, Surtees se convirtió en el único campeón de Ferrari que no ganó el título vestido de rojo.
El portazo de Le Mans y el milagro de Mosport
La relación con Ferrari terminó de forma volcánica en 1966. Harto de las intrigas políticas del director deportivo Eugenio Dragoni, John dimitió en mitad de la temporada siendo líder del mundial. Se marchó a Honda, donde demostró de nuevo su capacidad técnica. Convenció a los japoneses de abandonar su chasis pesado y utilizar uno de Lola, creando el “Hondola” (RA300), con el que ganó en Monza, batiendo a Ferrari en su propia casa. Una venganza técnica y deportiva perfecta.
Pero la dureza de Surtees se puso a prueba en su accidente de 1965 en Mosport Park. Tras un impacto a más de 200 km/h, su cuerpo quedó comprimido, dejando una de sus piernas más corta que la otra. Su respuesta fue puramente de ingeniero: ordenó a los médicos que le aplicaran tracción mecánica para “estirarle” hasta que sus dos piernas midieran exactamente lo mismo. Sabía que, de lo contrario, no podría modular los pedales con la precisión necesaria. Volvió a correr y a ganar.
Constructor y salvador de vidas: El legado final
Harto de las estructuras rígidas, fundó la Surtees Racing Organization, compitiendo como constructor independiente en F1 y F2 durante casi una década. John no solo ponía el nombre al equipo; bajaba al taller, se ponía el mono y revisaba el apriete de cada tornillo. Sus coches eran como él: robustos, honestos y directos.
Sin embargo, el capítulo más emotivo de su vida llegó tras la tragedia. En 2009, su hijo Henry Surtees falleció en una carrera de F2 tras ser golpeado por una rueda desprendida. John, lejos de hundirse, utilizó su dolor para fundar la Henry Surtees Foundation. Se convirtió en el mayor impulsor de la seguridad en el automovilismo de base, presionando para la democratización del sistema HANS y colaborando activamente en el desarrollo de lo que hoy conocemos como el Halo.
Cada vez que vemos a este dispositivo salvar una vida en la F1 actual, hay un hilo invisible que nos conecta con el esfuerzo de un padre por honrar la memoria de su hijo y mejorar el deporte que amaba.
John Surtees nos dejó en 2017 a los 83 años. Fue un caballero de la antigua escuela, un hombre íntegro que nunca dejó de ser un “garajista”. Un piloto que dominó dos mundos opuestos y que, al final del camino, trabajó para que otros pudieran seguir corriendo con seguridad. Hoy, en Garaje Hermético, recordamos a “Big John”, el hombre que demostró que la mejor herramienta de un piloto es su cerebro.

