Hubo un tiempo en el que cumplir 18 años significaba una cosa por encima de todo: libertad. Obtener el carnet de conducir y comprar un coche modesto era el pasaporte definitivo para salir a comerte el mundo. Sin embargo, hemos pasado de la conexión pasional entre el hombre y la máquina a una fría supervisión de la máquina sobre el hombre.
Hoy, para muchos jóvenes de la Generación Z, el coche se ha convertido en un electrodoméstico caro, una carga financiera e incluso un estorbo. Los datos lo confirman: la cantidad de jóvenes que se sacan el carnet de conducir ha caído drásticamente en las últimas décadas. ¿Qué está pasando realmente y quién es el culpable?
El muro económico
La respuesta no recae únicamente en los jóvenes; la propia industria del automóvil, la economía y las normativas actuales tienen gran parte de la culpa. El primer gran muro es el económico. Hace años, con los ahorros de un trabajo de verano podías acceder a un utilitario de segunda mano.
Hoy, el precio medio de un coche nuevo básico supera los 23.000 euros, y el mercado de ocasión ofrece vehículos muy gastados a precios desorbitados. Si a esto le sumamos los seguros para noveles, el precio del combustible, los impuestos y las políticas de pago por “suscripción” para activar extras del vehículo, el coche deja de ser un símbolo de emancipación para convertirse en una hipoteca asfixiante.
Adiós a las sensaciones al volante
Pero incluso si el dinero no fuera un problema, nos enfrentamos a la muerte de las sensaciones al volante. Los coches modernos sufren de un aislamiento sensorial extremo. Las antiguas direcciones que transmitían cada imperfección del asfalto han sido sustituidas por direcciones eléctricas anestesiadas. El aislamiento acústico nos desconecta de la velocidad, y el aumento desmesurado de peso ha convertido a los coches en tanques seguros, pero extremadamente torpes. La física no perdona, y la inercia mata la diversión.
A esto se suma la era de las ayudas electrónicas. Los conductores actuales tienen que lidiar con sistemas obligatorios como el Asistente Inteligente de Velocidad o el mantenimiento de carril, que pitan, vibran y corrigen el volante constantemente. Conducir se ha convertido en una lucha contra una máquina que te regaña.
Y la tendencia va a más con la llegada de la dirección por cable, eliminando por completo la conexión física entre el volante y las ruedas, transformando la conducción en un videojuego sin sensaciones reales.
El coche era “el tercer lugar”
Por otro lado, el factor sociológico es clave. En el pasado, el coche era el “tercer lugar”, ese espacio privado para socializar con amigos lejos de casa. Hoy, ese lugar lo ocupan las redes sociales; los jóvenes se conectan digitalmente y no necesitan un vehículo para interactuar.
Además, la presión social y el “car shaming” han demonizado al automóvil tradicional. A las nuevas generaciones se les ha inculcado que el coche de combustión es el gran enemigo del medio ambiente, logrando que la pasión por el motor se vea casi como un acto irresponsable.
Incluso el último bastión de la conexión mecánica, la caja de cambios manual, está en vías de extinción, empujando al conductor a ser un mero “operador de transporte” que se limita a mirar hacia adelante.
El placer de conducir
El placer de conducir no ha muerto del todo, pero está mutando. Al igual que el caballo pasó de ser el medio de transporte universal a convertirse en una afición de nicho para apasionados, conducir por puro placer quedará reservado para los fines de semana en carreteras secundarias, a los mandos de coches clásicos o “youngtimers” que aún permitan esa conexión visceral.
Para el día a día, el electrodoméstico con ruedas y el transporte público ya han ganado la batalla.
