¿Cuánto nos “roban” con cada litro de combustible?

Cada vez que descolgamos la manguera en la estación de servicio y vemos los números del surtidor girar a toda velocidad, la indignación es inevitable. Nos dicen que la culpa es de los mercados internacionales, de los conflictos geopolíticos o de las normativas medioambientales. Sin embargo, el entramado financiero detrás de los precios del combustible oculta una realidad mucho más cruda: la materia prima es sorprendentemente barata; lo que realmente pagamos es el derecho a usarla, fuertemente gravado por el Estado.

Para entender cómo se engorda el precio de forma artificial, basta con seguir el viaje de una gota de combustible y desgranar los costes sobre un litro ficticio de 2,00 euros.

El coste real del petróleo

Todo comienza en los yacimientos, donde el crudo se extrae y cotiza en mercados internacionales bajo referencias como el barril de Brent (159 litros). Aunque escuchemos que el barril está por las nubes, al hacer la división descubrimos que un litro de petróleo crudo cuesta en origen apenas unos 65 o 70 céntimos. Es decir, la materia prima representa tan solo el 35% del precio final.

Transporte, refino y logística nacional

Fletar un gigantesco buque, pagar seguros marítimos y tasas portuarias para mover el crudo por medio planeta suma unos anecdóticos 3 céntimos de euro (1,5%). Una vez aquí, el proceso de refino, donde las instalaciones químicas consumen una energía brutal y mezclan el producto con biocombustibles para cumplir cuotas ecológicas, suma 26 céntimos (13%).

Finalmente, la logística nacional (oleoductos y camiones cisterna) y el margen de beneficio de la propia gasolinera añaden unos 11 céntimos (5,5%). Llegados a este punto, el combustible está listo para usarse y su coste real ronda apenas el euro y diez céntimos.

El gran beneficiado: el Estado

A partir de aquí, el precio salta por los aires gracias a la fiscalidad. El Estado aplica primero el Impuesto Especial sobre los Hidrocarburos (unos 47 céntimos en gasolina y 38 en diésel). Después, aplica un 21% de IVA sobre el precio base del combustible y, en una aberración económica, también cobra el 21% de IVA sobre el propio Impuesto de Hidrocarburos.

En total, los impuestos suman unos 90 céntimos por litro, acaparando casi el 50% del total. Como el IVA es proporcional, cada vez que el petróleo sube, el Estado recauda más, sumando decenas de miles de millones a las arcas públicas.

El teatro de la OPEP+ y el futuro del motor

A este diseño fiscal se suma la especulación mundial. El mundo está nadando en petróleo, pero el cártel de la OPEP+ (liderado por Arabia Saudí y Rusia) genera escasez artificial recortando la producción para mantener los precios altos, apoyándose en el nerviosismo que cualquier conflicto genera en las bolsas.

Mientras tanto, la prometida transición a la electrificación total se ha estancado. Los altos precios de los vehículos eléctricos, la falta de infraestructura y el rechazo del cliente medio han obligado a las marcas a seguir apostando por la combustión.

El transporte y los ciudadanos seguiremos necesitando millones de barriles diarios, dejándonos en una situación vulnerable frente al surtidor, donde solo una ínfima parte de nuestro dinero paga la gasolina, y el resto financia la geopolítica y la recaudación estatal.

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