¿Qué sucede exactamente cuando tomas dos auténticas bestias mecánicas nacidas con el único y exclusivo propósito de ganar en los despiadados tramos del Mundial de Rallyes, las vistes discretamente con una carrocería de calle y las sueltas a devorar curvas en una sinuosa carretera de montaña? Hoy nos enfrentamos cara a cara a dos mitos absolutos, irrepetibles y profundamente venerados de la añorada década de los noventa: el Mitsubishi Lancer Evo VI y el Subaru Impreza GT Turbo.
Estamos hablando de dos máquinas con un carácter verdaderamente arrollador, que encarnan a la perfección la época dorada de la deportividad analógica y que, por méritos propios, se han ganado el merecido estatus de auténticos japoneses de culto en el mundo del motor.
Para comprender la verdadera magnitud y la excelencia técnica de estos dos aparatos, es necesario viajar en el tiempo y situarnos en el contexto de los añorados años noventa. El Campeonato del Mundo de Rallyes estaba dominado por la estricta normativa del Grupo A.
Esta reglamentación fue una auténtica bendición para los aficionados. El motivo es fascinante: obligaba por ley a todos los fabricantes a construir, homologar y vender al público general al menos dos mil quinientas unidades de calle del vehículo con el que querían competir. No servían los prototipos tubulares de la peligrosa era del Grupo B. Lo que veías derrapar el domingo, podía estar en tu concesionario el lunes. Así nacieron las berlinas de tracción total y motores turboalimentados más salvajes jamás vistas.
Dos marcas japonesas
Dos marcas japonesas decidieron tomarse esta guerra como algo personal. Mitsubishi intentó asaltar la gloria con el Galant VR-4, que sufría un sobrepeso alarmante. La solución fue extraer su corazón mecánico y embutirlo en el Lancer. Así nació en 1992 la saga “Evolution”.
En una historia paralela, Subaru había comenzado con el robusto Legacy RS, pero pronto se percataron de que era demasiado grande. En 1993, hicieron debutar al Impreza, entregando el proyecto a los magos británicos de Prodrive. Un año después, el Impreza GT Turbo democratizaba las prestaciones de un coche de rally para la calle.
Ingeniería aeroespacial
Hablemos de técnica. Bajo estas carrocerías, se esconde ingeniería aeroespacial. El Lancer Evo VI montaba el motor 4G63T de 2.0 litros. Declaraba 280 caballos, pero superaba los 300. Su magia residía en el sistema AYC. Este cerebro electrónico analizaba la velocidad, giro y fuerzas G para enviar más par a la rueda exterior, empujando el morro al vértice y eliminando el subviraje. Además, utilizaron aluminuro de titanio para minimizar la respuesta del turbo.
Por su parte, el Subaru brillaba con su venerado motor EJ20 de arquitectura bóxer. Al ir los cilindros tumbados, el propulsor resultaba ser plano, bajando drásticamente el centro de gravedad. Diseñaron todo el sistema de transmisión de forma longitudinal y simétrica, creando el Symmetrical All-Wheel Drive y logrando un reparto de pesos milimétrico para sus escasos 1.250 kilos. Entregaba hasta 218 caballos y escondía detalles de homologación espectaculares, como sus gigantescos antinieblas, ideados originariamente para instalar luces cuneteras.
Al volante, las diferencias son abismales. El Evo VI te recibe en un interior austero, pero sus baquets Recaro te atrapan sin piedad. Su aceleración no es progresiva; resulta puramente violenta gracias a la rabia de su turbo twin-scroll. Llegas a la curva, frenas con fuerza, giras y el sistema AYC desafía la física. Rotando sobre su eje, el chasis te hace parecer un piloto experto, aunque exige concentración porque sus límites son altísimos.
El Subaru te envuelve desde el inicio con el ronroneo inconfundible de su bóxer. Es un automóvil mucho más fluido. Sufre cierto retraso en la entrega inicial de potencia, pero al rebasar las revoluciones críticas, te hunde contra el respaldo. Su tracción total es excepcionalmente noble y predecible.
Colin McRae o Tommi Makinen
El inmenso legado histórico de esta vibrante rivalidad trascendió rápidamente los embarrados tramos de competición, donde figuras inolvidables como Colin McRae y Tommi Mäkinen forjaron sus irrepetibles leyendas a base de derrapes imposibles. Estos vehículos no solo dominaron el asfalto y la tierra, sino que se convirtieron en los grandes y absolutos héroes de los videojuegos de conducción a finales de la década, como la mítica saga Gran Turismo. Este fenómeno digital introdujo sus siluetas en millones de hogares, cimentando una devoción cultural inquebrantable que sigue intacta más de dos décadas después.
Si te planteas seriamente adquirir uno de estos aparatos, debes extremar las precauciones. Para el Evo VI, es vital comprobar mediante un profesional que la compleja bomba hidráulica de su sistema AYC funcione impecablemente, además de revisar exhaustivamente los bajos del chasis buscando el temido óxido estructural.
Por otro lado, si te decantas por el Impreza GT Turbo, debes exigir un historial de mantenimiento meticuloso. Solo así podrás evitar fallos de juntas de culata en su motor bóxer. Asimismo, vigila posibles repiqueteos mecánicos en frío que delaten desgaste en los pistones y asegúrate del buen estado de su caja de cambios de cinco velocidades.
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